
Abandonados por unos padres generalmente alcohólicos, los chicos se ven obligados a mendigar o a cometer pequeños hurtos para sobrevivir, muchas veces a base de alcohol o pegamento, al crudo invierno moscovita. Algunos se prostituyen, otros caen en las redes de pederastas.
Aproximadamente hay 30.000 niños sin hogar en Moscú que duermen en escaleras, cubos de basura, estaciones del metro, entre las tuberías del suministro de agua caliente, en túneles subterráneos o en las alcantarillas. Muchos de ellos huelen el pegamento para contener el hambre y escaparse del violento mundo que les rodea. Con todo, consideran que la vida en las calles es una alternativa mejor a la que ya han experimentado, incluso en sus hogares...
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